Carta de Anonimo

En la biblioteca

Coincidíamos en la Biblioteca. Desde el primer día me gustó, la  verdad es que estaba muy bueno, y yo apenas practicaba sexo  en esa época. Supongo que me lo notó. Un día me invitó a un  café y estuvimos casi dos horas hablando. Después cenamos  algo y se ofreció a acompañarme a casa. Por aquel entonces  vivía sola en una buhardilla. Lo invité a subir, pero no supe muy  bien cómo seguir. Él sí. Me acarició dulcemente la cara y yo le  abracé. Nos besamos, y tuvo que notar lo caliente que estaba.  Comenzó a deslizar su mano por mi espalda, y sentí cómo se  excitaba al descubrir que no llevaba sujetador. Con su mano  izquierda me acariciaba las nalgas mientras intentaba  desabrocharme la camisa. Yo lo llevé hasta la cama. Me tumbó  boca abajo. Comencé a ponerme un poco nerviosa. Se tumbó  encima de mí después de sacarse el pantalón. Deslizó su mano  bajo mi falda y comenzó a masturbarme por encima del tanga.  Me mordía suavemente el cuello y las mejillas, me sentía arder.  Yo intentaba volverme, pero él lo impedía con su peso y decidí  dejarme llevar. No tardé en correrme. Él lo notó, me sacó la  camisa y me besó la espalda. Notaba su lengua y su barba me  hacía cosquillas. Me saqué la falda y la tanga y busqué  desesperada su polla. Agarrándome por la cintura me puso de  rodillas y me penetró. Volvía a correrme. Me penetraba una y  otra vez mientras me acariciaba los pechos. De pronto me  agarró una mano y la deslizó hasta mi clítoris. Comencé a  acariciarme y a gemir.

Dejé caer mi cuerpo de tal modo que su polla salió de mi coño.  Me dijo que había sido muy mala, y que tendría que hacer algo  para compensarlo. Me di la vuelta y le pregunté cómo podría  hacerlo. El se sentó en mi abdomen, sujetó mis pechos y  comenzó a follármelos. Saqué la lengua y cada vez que  acercaba su polla se la lamía. Noté como se estremecía de  gusto. Al rato se dio la vuelta y comenzó a comerme el coño.  Noté como su lengua recorría primero mis labios y después el  clítoris. A veces chupaba con fuerza.
Comencé a abrir y cerrar las piernas con fuerza, presionándole  la cabeza. Ya no podía más. Me moría de gusto. Le pedía que  se corriese dentro de mí. Noté su leche caliente en mi coño y me  corrí de nuevo.

Un saludo, querida Rocio.

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Alejandra@AlejandraGarcia.com



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