Carta de Gateta

Aquella música me transportaba. Depeche atronando en los altavoces y en mis oídos. Y sin haber probado una sola copa que no fuera de agua fría (sed, calor y el madrugón que me esperaban eran suficiente para renunciar), sentada en aquel sofá
precariamente iluminado por la luz de una vela redonda y roja. Tenía la sensación que en cualquier momento una pitonisa con pañuelo anudado al cogote y medallitas cayéndole sobre la frente iba a sentarse frente a mi y leerme la mano. Pero no era la mano lo que le interesaba al de los téjanos que se sentaba al fondo del local, flanqueado por 2 especimenes de "macho ibérico" de difícil catalogación.
Aquellos ceñidos y gastados (incluso rotos) téjanos me hacían tambalear. Me estaban diciendo: "Quítalos de en medio, molestan". La camiseta blanca ceñidita al cuerpo le marcaba los pectorales como a una escultura romana... ¿Natación? ¿Un montón de horas de gimnasio? No era posible haber nacido tan perfecto. Antes de que empezara a caerme la baba (no especificaré de donde) decidí dejar de mirar y concentrarme en la absurda conversación sobre escaparates de mis amigas... hasta que no pasa 1 hora no se empieza a hablar de nada interesante (sexo).Algo me impulsó a girarme, un aliento caliente y húmedo en mi nuca que hizo que me estremeciera. Al girarme sólo vi un primer plano de aquellos téjanos que me dejaban a la altura de la vista el abultado paquete que antes había creído adivinar. "¿Perdonad, pero no hay mesas libres, aquí hemos visto hueco, podemos compartir el espacio?
"Estuve a punto de decirle que cual espacio, ¿el de mi habitación?, pero conseguir mantenerme callada mientras Marta decía: "Vale, pero no estamos de ligue. ¡¡Que os quede claro!!". ¡¡Que manía de hablar por boca de los demás!! Se mantuvieron a un lado de la mesa, hablando entre ellos mientras yo miraba de reojo al dueño de la camiseta con pectorales... que labios, gorditos, eran una invitación a morderlos y perderse en la cavidad de su boca haciendo un pulso de lenguas. ¡Bufff! Demasiado tarde, ya estaba mojada.En ese momento él puso las manos sobre la mesa para describir alguna cosa (no me importaba el que) y ahí perdí definitivamente el mundo de vista. Unas manos para que te toquen y acaricien y busquen recodos secretos, notar su presión sobre la piel, sobre mis tetas, en la entrepierna húmeda...AAAAAAHHHHHH! "Donde estén unas
buenas manos, que se quiten las malas lenguas" No me enteraba de nada de lo que decían mis amigas, me dedicaba a asentir con la cabeza y a sonreír cuando veía que ellas reían. Se acercó el camarero, tan guapo como siempre, me saludo con su beso tierno de cada noche: presión de labios y pequeña escapadita de lengua entre mis dientes, lo justo para prometer que algún día... que sabes que no llegará. Me trajo otro botellín de agua y se interesó por este "cambio de hábitos" (abstemia). Al girarse para marcharse, aparecieron ante mí dos ojos ardientes que me miraban inquisitoriamente. Sé que de los míos salieron chispas pero mi timidez pudo más e intenté de nuevo coger el hilo de la conversación (sin éxito claro). "¿Por qué se había cambiado de sitio? Vamos no seas tonta que lo sabes." Él continuaba hablando, cada vez menos con sus amigos, mientras su rodilla rozaba con la mía. Al ver que no estaba dispuesta a apartarla alargó su mano por debajo de la mesa y la puso sobre mi muslo a unos 15 cm de mi coño, que para entonces parecía una piscina olímpica. Había sido un acierto lo de ponerme vestido esa noche.Me acerqué más a él haciéndole saber que podía continuar, sintiendo el calor de su cuerpo, su olor dulzón. Los dos seguíamos medio girados cada uno en su grupo intentando mantener la atención en la palabrería y en nuestros cuerpos calientes. Ya no podía más, sentía como mi vagina latía y decidí ir al lavabo y "desahogarme". Me levanté y sin mirar atrás me fui directa a encerrarme tras la puerta, apoyarme en la taza y jugar con mi perlita hasta explotar. Presionarla, humedecerla, y meterme los 2 dedos mágicos. Arriba y abajo, dentro y fuera. Creó que desde fuera se me debía oír porque tampoco me molesté mucho en disimular. Una vez saciada, tiré las bragas a la papelera, estaban tan mojadas que me daba asco volvérmelas a poner, me coloqué bien el vestido y salí para lavarme las manos. No llegué a la pica. Abrir la puerta y sentir el empujón fue todo uno. Él me esperaba allí.
Cerró la puerta mientras que hundía su lengua en mi boca. Sus manos demostraron ser expertas en estas lindes. Me aprisionaron los pechos, me estrangularon los pezones y su lengua seguía jugando. Que delicia, no podía pensar ni hacer nada, sólo apretarle más y más contra mi cuerpo. Dejé mi mano sobre aquel prometedor paquete dispuesta a averiguar si eran calcetines, algodón o un regalo del cielo y quedé contenta al comprobar que era lo último: una polla grande y ancha en erección. Le desabroché los botones, deslicé mi mano por debajo de sus calzoncillos, tarea nada fácil con unos téjanos tan estrechos, y pude tocar la puntita de su miembro suave, calentita y mojada. Se bajó los pantalones lo suficiente para dejarla al descubierto con todas sus venitas marcaditas... y me amorré a aquella fuente que se me ofrecía. La lamí, la relamí, me la tragué, la lleve de paseo por mi boca y comí, comí todo lo que pude mientras el me acompañaba la cabeza con su manos y echaba su cuerpo hacía atrás. Me separó y cogiéndome en brazos me colocó sobre la taza. Al levantar mi falda sonrió al ver que no llevaba bragas y le llegó su turno de comida... su lengua en mi cueva mientras con los dedos jugueteaba, estos son unos de mis mejores recuerdos...
Cuando vio que aquello comenzaba a tener espasmos de nuevo, me bajó, tiró contra la pared y levantándome una pierna me la metió hasta el fondo. Sin piedad. Se movió hacia atrás, hacia adelante, a la izquierda, a la derecha, arriba, abajo, mientras yo seguía aprisionada contra la pared, entre la papelera y el portarrollos (que extrañamente estaba lleno), sin poder hacer demasiado más que gemir, morderle y agarrarle el fabuloso culo respingón. No duró mucho, sólo lo suficiente para que me corriera (otra vez) y yo me acuclillara dispuesta a engullir su leche, me encanta beber a morro. No dejé ninguna gotita y se la limpié con la lengua. Después se guardó el tótem de nuevo en los téjanos, mientras yo me limpiaba como podía, me dolían los brazos y me temblaban las piernas. Sacó su cartera y una tarjeta: “Arcadi”. Buen nombre. Le di una mía. Apretó mi culo una vez más y salió escurriéndose por la puerta entre las miradas de envidia y sorpresa de la cola que habíamos formado. Me fui a la pica, me lave y volví a mi mesa donde mis amigas habían cambiado de tema y me preguntaron justo al sentarme: ¿Y cual es tu fantasía erótica no realizada? Me giré le miré a los ojos y contesté: “ninguna”, y los dos rompimos a reír.
Gateta
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